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jueves, 7 de enero de 2010

Sandro: el largo adiós a una leyenda

Miles de personas acompañaron ayer el cortejo fúnebre de Sandro durante las tres horas que le insumió viajar desde el Congreso hasta Longchamps; hubo aplausos, llantos, desmayos e incontables muestras de devoción por el cantante

Por Mauro Apicella
De la Redacción de LA NACION


Luego de tres horas de caravana -tiempo que se tardó en recorrer el trayecto que separa el Congreso Nacional y el cementerio Gloriam, de Longchamps, entre miles de fans que se acercaron a saludar- se realizaron ayer por la tarde las exequias del cantante Sandro. Y tal vez porque fue ídolo de América y muchacho de Valentín Alsina se lo despidió, casi al mismo tiempo, como a una estrella de la música popular y como a un vecino.

Había comenzado un día antes con el velatorio en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional y continuado con un cortejo fúnebre que requirió la producción y los honores de un artista de su talla. Pero al ver a esa multitud que se acercó a la casa de la localidad de Banfield -donde Sandro vivió durante tantos años- para darle el último adiós, quedó la sensación de que se estaba despidiendo a un vecino querido del barrio. Quizás el más querido. A esto hay que sumar a todos los que se reunieron en Avellaneda, Lanús y Burzaco esperando tan sólo el paso de la caravana para observar en silencio, aplaudir o levantar tímidamente la mano y saludar.



El trayecto desde la ciudad de Buenos Aires hasta el cementerio duró tres horas. Sin embargo, nadie pareció querer demorar mucho el descanso definitivo del cuerpo del cantante. Ya había sido demasiado larga la lucha para mantenerse vivo, acompañada por una mezcla de fuerza, esperanza y, también, agonía. Desde que se conoció la noticia de que estaba en lista de espera del Incucai para recibir una donación de órganos hasta el doble trasplante de pulmón y corazón, y luego las últimas cirugías que le realizaron el último lunes, pasaron 21 meses de empeño por la vida.

De ahí que esta despedida no se dilatara demasiado. El mismo lunes por la noche se dispuso el traslado del cuerpo desde Mendoza, donde el músico había fallecido tras la última operación que le realizaron en el Hospital Italiano. Anteayer se realizó el velatorio en el Congreso, por donde se calcula que pasaron 40.000 personas. Y ayer, antes de las 14 (el horario originalmente previsto), partió el cortejo fúnebre que, a modo de procesión, recibió en su trayecto las más variadas expresiones de cariño para el ídolo. Hubo desde los primeros saludos en la avenida 9 de Julio, antes de subir al puente Pueyrredón y tomar la avenida Hipólito Yrigoyen en Avellaneda, hasta la muchedumbre que frenó la caravana en Lanús y en Banfield, o los ciclistas y motociclistas que acompañaron durante el último tramo del viaje, en dirección a Burzaco. Y no faltaron las flores que fueron arrojadas sobre el techo del automóvil que transportaba los restos del músico casi desde que comenzó el viaje.

Desde el aire

En un canal de noticias se destacaba el hecho de que Olga, la esposa del cantante, había pedido que el auto que la llevara al cementerio no tuviera vidrios polarizados para poder ver a la gente que se acercaba a saludar.

En general, las señales que contaban con helicóptero propio, como TN y C5N, siguieron casi toda la procesión desde el aire; el resto se sumó en puntos estratégicos, donde se notó la mayor cantidad de gente reunida.

Lanús fue uno de ellos. Allí la procesión casi se detuvo por la multitud que había ganado la avenida y quería estirar su mano para tocar el vidrio del auto. Con grandes esfuerzos se pudo marcar un sendero para reanudar la marcha. Así se vivió el luto en el sur del conurbano bonaerense.

En Banfield, el cortejo hizo un breve desvío hacia la casa ubicada en la calle Beruti, donde Roberto Sánchez vivió buena parte de su vida y a la que durante tantos años, cada 19 de agosto, se acercaban sus fans (las chicas, las nenas, como se las conocía) para saludarlo. De algún modo, esa escena pareció repetirse. Según algunos cálculos, cuando pasó el coche fúnebre había cerca de 5000 personas en las inmediaciones de la casa.

Hubo dolor y, también, resistencia a la resignación. Porque muchas de esas "chicas" veteranas que solían ir a verlo en cada cumpleaños y que ahora volvían para despedirlo hablaban de Sandro en tiempo presente.

Los ratos de silencio y de espera se alternaron con canciones que interpretaba el ídolo y que se escucharon en las voces de coros improvisados. También sonaron cantitos espontáneos que dieron cuenta de esa falta de resignación: "Olé, olé, olé, olé; San-dro, San-dro"; "Se siente, se siente, Sandro está presente"; "Sandro, querido, la gente está contigo".

Una vez que el servicio de la cochería había pasado con todos sus autos, muchos se quedaban un rato más frente a la casa para dejar mensajes en el paredón. Seguramente ese lugar se transformará con el tiempo en un lugar de peregrinaje, y de homenaje, para muchos de sus fans (ver aparte).

Exequias sin penumbras

Luego de ese pequeño desvío, el cortejo siguió acompañado por más gente que se acercaba al coche o se asomaba a la avenida por donde transitaba. La tarde soleada y los 25 grados de temperatura también acompañaron todo ese trayecto recorrido por la hilera de vehículos (el coche fúnebre, los coches que llevaban a familiares, otros dos que transportaban coronas, los patrulleros y motos de la policía de custodia y el autobomba).

Pasadas las 16.30, la última morada de "el Gitano" estaba vallada para que el ingreso pudiera ser ordenado y para que el público no volviera a cerrar el sendero. Pero eso tampoco fue del todo fácil. En las puertas del cementerio había otra multitud, para decirle adiós.

40.000
* personas se estima que pasaron por el velatorio de Sandro, en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional.

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