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miércoles, 8 de julio de 2009

"Larga vida al rey"

This is it. Esto es todo. Ese iba a ser el nombre de su última gira, la que Michael Jackson estaba ensayando en el centro Staples en Los Ángeles para comenzar el medio centenar de conciertos previstos a partir de la próxima semana en Londres. El 25 de junio se encargó de cambiar los planes de todos, de sus fans, de sus familiares, de los medios de comunicación de todo el mundo. Michael Jackson había muerto. Pero el show debe continuar y el martes en Los Ángeles su funeral se convirtió en la última gira de la superestrella, su cuerpo paseado por todo Los Ángeles en un cortejo fúnebre que se espera supere la audiencia de cualquier retransmisión mundial en directo. Su nombre escrito en las nubes y en el pavimento, en corazones floreados y en las codiciadas entradas al último concierto, en las gargantas de aficionados y estrellas, todos aunados en un último adiós al rey del pop. Como gritó uno de sus fans, "larga vida al rey".

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En esta ocasión el cuerpo de Jackson se limitó a estar presente en el mismo escenario donde no hace ni dos semanas daba sus últimos pasos de baile. Los que le rodearon se encargaron de la coreografía. Un desfile de estrellas que pese al impacto internacional de Jackson y de su música se concentró salvo excepciones en los rostros más negros de la cultura y el espectáculo: Spike Lee, Wesley Snipes, Queen Latifah, Jennifer Hudson, Smokey Robinson, Stevie Wonder, Lionel Richie, Mariah Carey, Berry Gordy, Magic Johnson, Kobe Bryant, Usher, John Mayer o el gran amor de juventud de Jackson, Brooke Shields. Los presentes se hicieron notar tanto como los ausentes. El mayor vacío, el de Elizabeth Taylor, la mejor amiga de Jackson e invitada a ofrecer una última elegía que la veterana actriz rechazó. "No creo que Michael quisiera verme compartir mi dolor con millones de extraños", afirmó mediante Twitter.

Tampoco estuvieron sus ex esposas, ni Lisa Marie Presley ni Debbie Rowe, para no distraer la atención de los asistentes, dijeron, lo mismo que el doctor Conrad Murray, la última persona en verle vivo antes de que lo que se sospecha una sobredosis sesgara su vida. Sin embargo otros se hicieron oír con mensajes de condolencia y respeto como los que leyó Robinson al comienzo de la ceremonia de Diana Ross y Nelson Mandela antes de que una eternidad silenciosa y los cantos religiosos de "vamos a ver al rey" dieran la entrada al féretro dorado portado por sus hermanos. Fue la última gran entrada de Jackson, su cuerpo en el féretro cerrado depositado a los pies del escenario y una audiencia enardecida, aplaudiendo y coreando su nombre hasta silenciarlos a todos. Si la familia deseaba un tono más sombrío y respetuoso para este último adiós a alguien criticado por sus extravagancias, sus seguidores pusieron el corazón, sus gargantas con gritos de admiración, sus manos con aplausos de júbilo y sus pies dispuestos a bailar una vez más al ritmo de la superestrella del pop fallecida a los 50 años. Y el propio Jackson se encargó, después de muerto, de poner las palabras a sus exequias, cuando sus canciones sonaron casi premonitorias como la interpretación de I'll Be There (Allí estaré), Will You Be There (Estarás ahí) o Never Dreamed You'd Leave in Summer (Nunca soñé que me dejarías en verano).

Como afirmó el portavoz de la policía Earl Paysinger, "los ojos del mundo están aquí". A falta de confirmación oficial se espera que esta ceremonia se convierta en la retransmisión en directo de mayor audiencia, por encima de esas otras exequias fúnebres de otra fan de Michael Jackson cuya vida acabó también de improviso y antes de lo esperado, cuando comenzaba otra etapa de su vida, Lady Di. Los periodistas de hecho acabaron siendo una presencia más numerosa en las calles de Los Ángeles que la de los propios seguidores del cantante que, siguiendo los consejos de la policía, prefirieron seguir la última gira del cantante en sus televisores, en sus ordenadores o mediante los continuos mensajes de servicios como Twitter, en sus teléfonos móviles.

El jefe de la policía de Los Ángeles, William Bratton, fue bajando a lo largo de la ceremonia sus expectativas y si en un momento dado se comentó la posibilidad de que un millón de personas se dieran cita para el último adiós, la policía confirmó que los números estaban muy por debajo, "mínimos", más cercanos a los 50.000. Y sin incidentes. El ambiente que acompañó esta jornada de luto fue extrañamente apacible, una tranquila mañana de verano donde los asistentes se dejaron llevar por un mar de sentimientos y donde las discusiones sobre ese otro Michael de los últimos años, los problemas de su herencia o el futuro de sus hijos quedaron tácitamente prohibidas. Los hubo llorosos, conscientes de que este es el fin. Por eso acudieron a Los Ángeles desde todos los puntos del globo para un último adiós a su ídolo y a una época. Como recordó Jesse Jackson, uno de los rostros populares que cruzó la alfombra negra que conducía al centro Staples "es un momento de celebración pero con tristeza porque Michael está muerto. Y eso es mucho decir". Pero fueron muchos más los asistentes llenos de júbilo, dispuestos a celebrar la música del cantante, su ritmo y su influencia en la cultura popular, emulando desde la noche anterior el recuerdo de Jackson en su indumentaria, un sombrero aquí, un guante blanco allá, algunos recordando al héroe de Bad o al de Thriller de pies a cabeza aunque ninguno llegó a sus años "afro". Y muchos otros simplemente celebraron su suerte, ser uno de los 17.500 afortunados en hacer historia, elegidos al azar entre los 1,6 millones que se inscribieron en la rifa que organizó en tres días la promotora AEG Live para esta ceremonia.

"Yo gané el mío en E-Bay", dijo con la misma ilusión uno de sus seguidores, llegado a Los Ángeles desde Detroit antes incluso de haber conseguido una entrada que al final le costó 200 dólares en la reventa electrónica. No fue el único que tuvo que forzar la suerte. Numerosas rutas aéreas como las de British Airways agotaron sus pasajes a Los Ángeles con seguidores que cuando se montaron en el avión desconocían si la suerte les había sonreído. Una fuente de ingresos que puede aportar a la ciudad de Los Ángeles unos cuatro millones de dólares en el sector servicios. Los mismos 4 millones de dólares en los que se calcula el costo a la ciudad de esta bacanal, comparada con el despliegue policial que motivó la celebración de los Juegos Olímpicos en 1984 y que el martes puso a 3.200 efectivos de la policía en la calle. Para recuperar estas pérdidas y evitar las críticas el Ayuntamiento de Los Ángeles ha instado a los seguidores de Jackson a que contribuyan con sus donaciones al costo de esta celebración utilizando métodos como "paypal" ahora que ni la familia Jackson ni la promotora AEG se han rascado los bolsillos.

Aunque en su mayor parte los aficionados sin entrada ni pulsera se abstuvieron de salir a la calle, la decisión de la familia en el último momento de llevar el cuerpo de Jackson a la ceremonia, al centro de esa cancha que es la sede de los Lakers, animó a los menos afortunados a buscar ese punto de mira, desde una esquina, desde las autopistas, desde un balcón, para ver pasar al rey del pop en su última gira mientras desde el cielo un avión trazaba el nombre de Michael Jackson y un gran corazón blanco. Los únicos invitados de excepción que no necesitaron ni entada ni pulsera fueron unos veinte elefantes llegados a Los Ángeles como parte del circo Ringling Bross & Barnum & Bailey y que sentaron su campamento justo en la trasera del centro Staples mientras el mundo decía su último adiós al rey del pop.

Fuente ElPaís

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